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De la Casa de la Caritat al CCCB

La Casa de la Caritat desempeñó funciones de centro de beneficencia y acogió, a lo largo del siglo XIX, actividades productivas muy diversas realizadas por los hospicianos. Estos talleres servían en buena parte para vestir y alimentar a la población asilada y como centro formativo en el que los chicos se incorporaban como aprendices para, una vez fura de la institución, buscar colocación según el oficio aprendido. Debe destacarse entre los talleres más importantes y rentables la escuela imprenta.

En 1956, esta institución centenaria se trasladaba a los Hogares Mundet y el edificio quedaba abandonado, sin ningún uso concreto. En 1989 el Consorcio formado por la Diputación de Barcelona y el Ayuntamiento de Barcelona aprueba la creación del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), en el marco de un proyecto de rehabilitación del barrio del Raval y de sus edificios históricos con la intención de situar en el mismo un complejo de cultura contemporánea. La dirección del proyecto de construcción de un moderno equipamiento cultural se encargó a los arquitectos Helio Piñón y Albert Viaplana.

El 25 de febrero de 1994 se inauguraba el CCCB con una superficie total de 15.000 m2, de los que 4.000 se destinan a exposiciones. Las actuales instalaciones también disponen de aulas, un auditorio y espacios polivalentes como el vestíbulo, el Pati de les Dones o la Sala Mirador.

A finales del siglo XVIII, la Reial Casa de Caritat se instaló en el edificio del antiguo Seminario Conciliar de la calle Montalegre del barrio del Raval. Esta zona (situada en las afueras su nombre como indica) no formaba parte del centro neurálgico de la ciudad; era un vasto territorio poco urbanizado situado al oeste de la Rambla dentro del tercer recinto amurallado, justo donde empezaban a asentarse industrias, talleres y viviendas de la clase trabajadora. A lo largo del siglo XIX esta zona creció de tal forma que rápidamente formó parte del densificado tejido urbano del casco antiguo, conocido modernamente con el nombre de Ciutat Vella.
Casa de la CaridadVista aérea de la Casa de la Caridad


Así pues, desde la ocupación inicial del edificio del Seminario y sus huertos hasta la paulatina agregación de las fincas y los solares colindantes, la Casa de Caritat fue creciendo de forma desordenada hasta el año 1890, en que se consolidó un gran recinto de casi dos hectáreas de superficie, delimitado por la fachada principal de la calle Montalegre entre las calles Valldonzella y Ferlandina. Este recinto fue edificándose sin planificación alguna, de forma que la construcción de los diferentes edificios se abordaba a medida que los requisitos y la economía de la institución lo permitían. Así pues, la estructura del recinto se parecía a un laberinto de edificios heterogéneos conectados por pasadizos exteriores y patios de tamaños variados, que correspondían a los diferentes departamentos del antiguo hospicio (hombres, mujeres, niños, "impedidos", "fatuos", "distinguidos", etc.). Los patios exteriores, destinados al recreo de los hospicianos, se identificaban con el nombre de importantes benefactores del establecimiento: Pati Vidal, Pati Ferrer, Pati Plandolit, Pati Nadal, Pati Manning (correspondiente al claustro que aún se conserva del antiguo Seminario), etc.
Fachada principal de la Casa de la CaridadCasa de la Caridad - Patio FerrerCasa de la Caridad - Patio Nadal i DouCasa de la Caridad - Patio Puget 


Con el traslado, en 1957, de la población de la Casa de Caritat al nuevo equipamiento asistencial de los Hogares Mundet, la mayor parte de los edificios permanecieron más de treinta años desocupados. Desde finales de los años sesenta del siglo XX, diferentes planes de ordenación urbanística aprobados por el Ayuntamiento ya planteaban el desalojo definitivo de las degradadas instalaciones del antiguo hospicio. Pero no fue hasta 1989, gracias a la creación del Consorcio formado por el Ayuntamiento y la Diputación de Barcelona (1988), que se aprobó la creación del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB). La dirección del recién creado CCCB encargó a los arquitectos Helio Piñón y Albert Viaplana, con la colaboración de Eduard Mercader, el proyecto de construcción de un moderno equipamiento cultural dotado de 15.000 m2 de superficie útil. Las obras se iniciaron en 1991 y terminaron en septiembre de 1993; el CCCB se inauguró oficialmente en febrero de 1994. La intervención arquitectónica combinó una cuidada rehabilitación de los espacios recuperables con la creación de otros nuevos. La intervención fue merecedora, en 1993, de los premios de arquitectura FAD y Ciutat de Barcelona.

El edificio del CCCB se basa en la adaptación de la estructura original que rodea el gran patio central, conocido con el nombre de Pati de les Dones (antes Pati Vidal), estructurado en tres alas de cinco pisos de altura dispuestas en forma de letra U. Estos tres cuerpos alojan en las plantas baja y primera la recepción, las oficinas, la tienda, el restaurante y las aulas utilizadas para impartir seminarios, conferencias y cursos, y en el sótano y en las plantas segunda y tercera, sendas salas de exposiciones de unos 1.200 m2. El nuevo proyecto sustituyó el ala norte por un cuerpo prismático de 30 m de altura que conforma una espectacular fachada vidriada que en su parte más alta se inclina sobre el patio a modo de voladizo. Este nuevo elemento funciona con su juego de reflejos como un espejo del paisaje y como un privilegiado mirador sobre la ciudad, y al mismo tiempo sirve como zona de tránsito (vestíbulo, ascensores, escaleras). Desde las altas escaleras mecánicas, los visitantes pueden disfrutar de una singular ascensión a las salas de exposición, gracias a las vistas sobre el patio y la ciudad. Como obra nueva también destaca el gran vestíbulo situado debajo del patio; un amplio y diáfano espacio de 730 m2, que sirve de entrada principal y espacio polivalente para la organización de diferentes acontecimientos. Además, la fachada exterior de la calle Montalegre y las tres fachadas interiores del patio fueron restauradas, recuperándose la decoración de esgrafiados y aplicaciones de mayólica correspondiente a la remodelación de estilo novecentista efectuada entre los años 1926 y 1929 por el arquitecto Josep Goday. En cuanto a los elementos estructurales característicos de la obra original, también se han conservado las bóvedas de ladrillo, las grandes arcadas y los pilares de sillares de piedra vista.

Después de estos diez años de existencia, y dada la tendencia a una creciente programación multidisciplinar, el CCCB necesita crecer y descongestionar algunos de sus espacios. Por este motivo, en la actualidad se está llevando a cabo un proyecto de rehabilitación del teatro de la antigua Casa de Caritat y su entorno. La adaptación de este edificio va a permitir convertir el espacio del antiguo teatro en una sala polivalente con una capacidad aproximada de 420 localidades, crear nuevas aulas y seminarios y acoger los locales de los grupos y colectivos asociados, así como contar con un gran almacén en la planta sótano.

Eva Gimeno

Vagabundos, mendigos, huérfanos, fatuos, imbéciles, pillos, idiotas, enajenados, decrépitos, bordes, anormales, hijos mal inclinados... son algunos de los términos que, si bien hoy en día tienen connotaciones claramente negativas, hasta muy entrado el siglo XX se usaban de forma habitual para definir a la población más desfavorecida; dicho de otro modo, la masa social no productiva. Después de la Ilustración y con la introducción de las doctrinas higienistas, el concepto de caridad cristiana entendido como simple auxilio al pauperismo empezó a quedar obsoleto, surgiendo un nuevo concepto de beneficencia centrado en la formación y el trabajo. En este sentido, el objetivo fundacional de la Casa de Caritat fue un claro ejemplo de este paulatino cambio de mentalidad. Con un promedio de asilados superior a las dos mil personas, la Casa de Caritat se convirtió en "una ciudad" dentro de la ciudad, con una compleja estructura organizativa que no impidió que durante más de ciento cincuenta años se convirtiera en una de las instituciones benéficas más importantes del país.

Los orígenes de la Casa de Caritat se remontan al año 1583, en que el consejo municipal fundó un asilo para pobres de ambos sexos en la calle Elisabets. En 1772 se consideró que, dada la gran cantidad de alojados, debía trasladarse la población masculina al edificio colindante del antiguo Seminario Conciliar Tridentino, dirigido por los jesuitas desde 1598 hasta su expulsión del país en 1767, en el mismo lugar en que, en el siglo XIV, se había fundado el convento de religiosas de Montalegre, sito en la calle del mismo nombre. Así, se creó la Real Casa de Hospicio y Refugio que dependía de una sola administración, la de la Casa de Misericordia de la calle Elisabets, que de forma efectiva siguió exclusivamente al cargo de mujeres y niñas pobres.

Las hambrunas sufridas en Barcelona en ocasión de los alborotos de los "Rebomboris del Pa" (1789), la Gran Guerra con Francia (1793-1795) y la guerra contra Inglaterra a partir de 1796 supusieron la organización de una colecta conocida como la "olla de los pobres", que, con el fin de mitigar las condiciones de miseria social existente, se nutría de los beneficios procedentes de rifas y donativos particulares. El excedente obtenido por la Junta de Auxilios se destinó a la creación de un establecimiento o asilo de más amplia acogida y propició que, en 1802, el rey Carlos V firmara una Real Orden por la que se aprobaba la independencia del establecimiento de hombres respecto a la Casa de Misericòrdia, con la cesión permanente del antiguo seminario de la calle Montalegre para consolidarlo como hospicio estable y origen de la fundación de la Reial Casa de Caritat. De esta forma, el barrio barcelonés del Raval concentró los establecimientos benéficos y asistenciales más importantes de la Barcelona de la época (el Hospital de la Santa Creu, la Casa de la Misericòrdia, la Casa del Infants Orfes, etc.).

Desde su creación, las numerosas Juntas de Gobierno que fueron sucediéndose en la dirección de la Casa de Caritat hicieron todo lo posible para gestionar múltiples fórmulas de autofinanciación para lograr los recursos suficientes ante los múltiples gastos de un establecimiento tan heterogéneo y superpoblado. Aparte del goteo irregular procedente de importantes legados particulares y de las aportaciones anuales de la Corona, se obtuvieron otros recursos a través de la organización de rifas, bailes de máscaras y corridas de toros, así como, por ejemplo, de la explotación del alquiler de los baños públicos de la Barceloneta. En este sentido, el negocio más rentable fue la concesión municipal, en 1838, del servicio funerario del traslado de cadáveres al cementerio, lo que propició que el establecimiento tuviera la "flota más lucida" de coches fúnebres de la ciudad. Las grandes necesidades del centro favorecieron un sistema de funcionamiento basado en el autoaprovisionamiento, con varios talleres de producción de materias primas y de elaboración: galletas, pan, fideos, sémola, chocolate, algodón, agujas, loza, velas, alpargatas, ropa, carpintería, ebanistería, cerrajería, etc.

Si bien esos talleres servían básicamente para vestir y alimentar a la población asilada, también fueron centros formativos en los que los chicos se incorporaban como aprendices a partir de los 14 años y, una vez abandonaban la institución, podían optar a encontrar una "colocación" según el oficio aprendido.

La Ley de Beneficencia Pública de 1849, completada por su reglamento de 1852, intentó poner algo de orden en el lío de competencias entre las diferentes administraciones (Estado, ayuntamientos y diputaciones) y los diferentes tipos de establecimientos benéficos que debían tutelar. Así, la Casa de Caritat pasó de Real y Nacional a Provincial, con una Junta de Gobierno designada por la Diputación de Barcelona. La citada ley obligó a regresar a su lugar de origen a toda aquella población acogida procedente de otros lugares del país, e incluso del extranjero, para hacerse exclusivamente cargo de la población de la circunscripción barcelonesa. Aparentemente, esta medida de exclusividad territorial parecía muy drástica, pero también propició la creación de nuevos establecimientos benéficos en otras provincias. A partir de entonces se consiguió una mejor organización de la casa, con el objetivo de evitar el amontonamiento que se había producido y establecer una redistribución más racional de los asilados en función de sus edades y características especiales: párvulos y cuatro secciones diferentes para los niños, departamento de fatuos y epilépticos (enfermos mentales), de impedidos (enfermos crónicos e inválidos), separación de enfermos de sarna y tiña, de enfermos contagioso, enfermerías, quirófano, farmacia, etc. También se mejoró el régimen de alimentación y las normas de higiene, normalizándose la enseñanza primaria para los niños. Se crearon aulas especializadas en dibujo, pintura, escultura y música y, en este último caso, se consiguió formar a una banda y una orquesta, que alcanzó un cierto reconocimiento. Los chicos que destacaban especialmente eran subvencionados para cursar estudios superiores, la gran mayoría en el Seminario.

Desde 1830 el departamento de mujeres había sido regido por las hermanas carmelitas de la Caridad y, a partir de 1880, todo el establecimiento pasó a ser dirigido por las hermanas de San Vicente de Paúl, orden dedicada a los desvalidos (indigentes y enfermos), fácilmente identificable por sus aparatosos hábitos.

Si la escuela de chicos era llevada por maestros titulares, la escuela de niñas, así como las escuelas especiales de ciegos y sordomudos, estaban a cargo de las hermanas de la Caridad. Las chicas, además, recibían clases de costura y bordado artístico, y excepcionalmente algunas podían acceder a las clases de formación "artística"; el único estudio superior que podía cursarse era el de magisterio. La educación dirigida a la población femenina se centraba, sobre todo, en preservar su integridad moral tal y como mandaban los cánones sociales de la época; en definitiva, mano de obra reciclada en el mismo establecimiento en cuanto a la limpieza, la cocina, el planchador, los talleres de costura, la lavandería, el ropero, etc., eso sí, con la garantía de una dote más o menos modesta si por suerte se accedía al matrimonio.

El establecimiento también contaba con un departamento o sección de "distinguidos", que alojaba, en un edificio adyacente pero independiente, a una reducida comunidad de asilados, quienes, mediante el pago de una determinada cuota, gozaban de un reglamento especial que ofrecía, entre otras prerrogativas, una alimentación mejor y una enfermería exclusiva.

Uno de los talleres más importantes y rentables de la casa fue la escuela imprenta. La primera maquinaria se adquirió en 1872 y, en poco menos de dos años, se amortizó la inversión y empezaron a obtenerse beneficios. Ello compensó en una pequeña parte la considerable pérdida de ingresos causada por la prohibición por parte del Ministerio de Hacienda de todas las rifas y loterías, excepto la Lotería Nacional. La prosperidad de la imprenta fue muy evidente cuando, en 1913, obtuvo la concesión de la edición del Boletín Oficial de la Provincia. Posteriormente se editaron, entre otras publicaciones periódicas, la Gaseta Municipal, la Revista Jurídica de Catalunya, y los boletines del Centre Excursionista y del Ateneu Barcelonès, así como numerosos libros del Institut d'Estudis Catalans, de la Acadèmia de Bones Lletres y otros encargos de particulares. A partir del año 1926 empezó a publicar la Hoja Oficial, conocida más adelante como la Hoja del Lunes, que durante muchos años suplió el vacío informativo de la prensa escrita de los lunes.

En cuanto al régimen interno de la casa, resulta imposible establecer un modelo único. Se redactaron numerosos reglamentos y normativas producto de múltiples modificaciones por parte de cada nueva Junta y de los determinantes sociales y morales de cada época. Por ejemplo, y para dar una idea aproximada del tipo de vida que se llevaba, la hora de levantarse eran las seis (salvo en invierno, en que los niños se levantaban a las siete), desayunaban a las ocho, almorzaban a las doce, cenaban a las seis y se iban a acostar a las nueve. Los hombres podían salir tres horas por la mañana y tres por la tarde; las mujeres podían salir los domingos; los asilados podían ser visitados por sus familiares -si tenían- un domingo al mes; los asilados que tenían familia fuera de Barcelona podían pasar con ella el mes de agosto; era posible salir por espacio de tres días por Pascua, el día de la Virgen (15 de agosto) y por Navidad; en verano los niños que tuvieran autorización médica podían ir a bañarse a la playa de la Barceloneta de seis a ocho de la mañana; se disfrutaba de un espectáculo mensual: cine, teatro, música, danza folclórica, etc. (ello ya en el siglo XX, en que se construyó el teatro).

Con el paso del tiempo, la Casa de Caritat había crecido tanto, que en más de una ocasión se había planteado su traslado a algún lugar más saludable fuera del centro de la ciudad, lo que no llegaría a materializarse hasta el año 1957. Sin embargo, antes, y durante la época de la Mancomunidad (1914-1925), se dio un cierto impulso a la renovación y construcción de dos pequeños satélites con que la casa contaba en el barrio de Horta: Can Tarrida y la Torre dels Frares. La primera finca se habilitó en 1917 como albergue de epilépticos y centro para el tratamiento de la tuberculosis y la segunda se adaptó como escuela de párvulos y casa de colonias. También dependía de la casa, según convenio, la llamada Fundació Albà, en que se adecuó un hospital para enfermos incurables y crónicos, muy cercano a las fincas citadas más arriba. En tiempos de la Mancomunidad se reunificaron las Juntas de Gobierno de la Casa de Caritat y de la Casa de Maternidad y Expósitos de Les Corts, con el objetivo de propiciar una mejor reorganización de ambos establecimientos. El de Les Corts tenía a su cargo a los niños expósitos y huérfanos menores de siete años, que, en su mayoría, pasaban, al llegar a esta edad, a la Casa de Caritat.

Durante el periodo de la Generalitat republicana (1932-36), la Casa de Caritat dependió exclusivamente del gobierno catalán, administración que durante un breve plazo gozó de todas las competencias en materia de beneficencia. Ello propició que se llevaran a cabo numerosas mejoras, no tanto desde el punto de vista material como de la calidad del trato a los asilados, entre ellas la laicización del profesorado. En 1936, ya declarada la guerra civil, pasó a llamarse Casa d'Assistència President Francesc Macià. En 1933 se constituyó la Unió d'Obrers de la Casa de Caritat, que reunía a todos los empleados del establecimiento con el fin de velar por los intereses de los trabajadores y crear una mutualidad para atender los posibles incidentes de enfermedad o invalidez.

Después de la guerra civil, la Casa de Caritat estuvo de nuevo bajo la tutela de la Diputación. Como los demás funcionarios de la corporación provincial, los empleados de la casa sufrieron los conocidos expedientes de depuración, es decir, la inhabilitación temporal o definitiva según su filiación política anterior a la guerra. A modo de ejemplo, entre 1939 y 1940 se realizaron 1.040 expedientes de este tipo. Como en todo el país, durante la época más cruda de la posguerra, las condiciones de vida eran bastante deplorables por la escasez de alimentos y los brotes emergentes de tuberculosis que hizo verdaderos estragos entre la población. Las hermanas de la Caridad volvieron a dirigir el establecimiento sustituyendo al personal laico y especializado en el campo de la asistencia social que había trabajado durante la etapa anterior. Parecía que volvía a imponerse un régimen de reclusión y que los principios más estrictos y rígidos del catolicismo se imponían en una educación que descansaba en los fundamentos de la culpa, el castigo y el pecado. Como en todas las épocas, dentro de los muros del establecimiento hubo historias oscuras, castigos desmesurados y abusos de todo tipo; a pesar de ello, la contribución personal de algunos profesores y hermanas de la Caridad fue significativamente positiva para la educación afectiva de los asilados, especialmente de los niños acogidos.

En 1954, el filántropo e industrial Artur Mundet legó a la Diputación de Barcelona cuarenta millones de pesetas. Con este fondo, la Diputación adquirió un terreno de unas treinta hectáreas en la Vall d'Hebron y añadió cerca de ciento treinta millones para completar el coste total de un nuevo y vasto equipamiento que debía servir para acoger buena parte de los servicios benéficos y asistenciales que dependían de la corporación. Así, en octubre de 1957, el general Franco inauguraba el gran complejo asistencial de la Casa Provincial de Caridad Hogares Ana Gironella de Mundet, más conocido como los Hogares Mundet. Con este nuevo centro, las antiguas y ya decrépitas instalaciones de la Casa de Caritat en la calle Montalegre empezaron a abandonarse y la población fue trasladada; sólo se mantuvieron ahí los talleres que seguían en funcionamiento, especialmente la escuela imprenta que aún fue productiva durante muchos años gracias al prestigio y la calidad de los trabajos que realizaban.

Paradójicamente el año 1954 marcó simbólicamente dos hechos remarcables: el inicio de la desaparición de la Casa de Caritat en el barrio del Raval y la pérdida del régimen jurídico independiente y particular que sobre el papel había mantenido la institución en favor de su total integración a la Diputación de Barcelona.

Eva Gimeno

El CCCB es producto de la rehabilitación parcial del conjunto arquitectónico de la Casa Provincial de Caritat, antiguo establecimiento benéfico destinado a hospicio, creado en 1802 y que funcionó como tal hasta el año 1957. El edificio actual se basa en la adaptación de la estructura original que rodea el gran patio central, conocido con el nombre de Pati de les Dones, estructurado en tres alas de cinco pisos de altura dispuestas en forma de letra U. El nuevo proyecto sustituyó el ala norte por un cuerpo prismático de 30 m de altura que conforma una espectacular fachada vidriada que en su parte más alta se inclina sobre el patio a modo de voladizo. Este nuevo elemento se convierte, con su juego de reflejos, en un espejo del paisaje y un privilegiado mirador sobre la ciudad, y al mismo tiempo funciona como zona de tránsito (vestíbulo, ascensores, escaleras).

La fachada exterior de la calle Montalegre y las tres fachadas interiores del patio fueron restauradas, recuperándose la decoración de esgrafiados y aplicaciones de mayólica correspondiente a la remodelación de estilo novecentista efectuada entre los años 1926 y 1929. En cuanto a los elementos estructurales característicos de la obra original, se han conservado también las bóvedas de ladrillo, las grandes arcadas y los pilares de sillares de piedra vista. El nuevo edificio cuenta con un total de 15.000 m2 de los que 4.000 m2 están destinados a salas de exposición. Las actuales instalaciones también disponen de tres aulas, un auditorio y espacios polivalentes como el vestíbulo, el Pati de les Dones o la Sala Mirador. El CCCB fue inaugurado oficialmente en febrero de 1994. El proyecto arquitectónico es obra de los arquitectos Helio Piñón y Albert Viaplana, mereciendo en 1993 los premios FAD de Arquitectura y Ciudad de Barcelona de Arquitectura.


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